4.8.09

Igual é porque o verán é tempo de espallarse e non de recollerse para escribir, ou se cadra ocorre que non da chegado o sol e me fallan as vitaminas, mais non dou arrancado a escribir nestes meses estivais. En troques, este verán estou a ler máis que ningún outro, ao xeito do bicho que tiñan os Picapedra baixo o fregadeiro, case todo o que cae, o sublime e a borralla, como unha devoradora. Máis cómpre falar do sublime, xa falei do poemario de Dores Tembrás, e recomendo ademais os Fíos de Diana Varela.

Nas relecturas do mes de xullo destaco a saga de Torrente Ballester Los gozos y las sombras, obra penso eu non suficientemente valorada polo xeral e que pode reportar a máxima felicidade lectora. E deixo un parágrafo:

Hasta entonces, los Churruchaos solían tener hijos bastardos de muchachas labriegas, pero ninguna de sus mujeres había dado que hablar. Nadie se atrevía a murmurar de doña Mariana quizá por falta de hábito o por cobardía. Por aquellos años, decir Churruchao todavía era decir algo.Los Churruchaos se venían abajo, no tenían dinero, vendían las tierras, y Don Enrique bebía en las tabernas. Sin embargo, aunque no fuesen respetables, había la costumbre de respetarlos. (...) Se decía "son cosas de Churruchaos" y era como decir "son cosas de locos". (...) La historia de doña Mariana se sigue contando. Es como esas piezas de música que aparecen en todos los programas: como "La Comparsita". Todo el mundo debe saberla. Doña Mariana continúa paseándose, tan tiesa, todos los atardeceres de bonanza, con sus perros. Se pasea como si fuese la señora, y lo es en apariencia. La saludamos: "Buenas tardes, señora" y aún hay quien dice: "Buenas tardes nos de Dios". Pero todos lo decimos con una sonrisa debajo de los labios, como si quisiéramos llamarle ¡Zorra!, y el insulto nos quedase en la sonrisa.

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